RELATO: Relicario

¡Hola de nuevo! El parón por vacaciones se me estaba yendo de las manos y estaba claro que ya era hora de volver. Y nada más y nada menos con un relato del Proyecto Semanas. Y diréis, ¿esto qué es? Es un proyecto por el cual semanalmente se elige un tema a partir del cual cada participante (todo el mundo que quiera puede participar) ha de escribir algo, ¡lo que sea! ¿No es maravillosa esta idea? ¿¡No os da ganas de poneros a escribir!? Bueno, a mí sí. Y tras haber pasado varias ediciones queriendo participar sin poder hacerlo, ¡ha llegado el mometo! Y quería compartir con vosotros el resultado ❤ ¡Espero que os guste!

Relicario

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El día que escuchó que, si colocaba una caracola contra su oído, podría oír el mar, Eco decidió que no dejaría de andar hasta encontrar una. Así que caminó, durante kilómetros de playa desierta, durante decenios de salitre pegándose a las plantas de sus pies descalzos, bajo una eternidad de cielo completamente blanco porque solo reflejaba sal, caminó. Caminó y caminó hasta que una caracola su pie golpeó. Fue un golpe tan seco como la arena a la que nunca tocará el mar, un golpe de años de abandono en aquella playa desierta. Se arrodilló ante la caracola de la misma forma que lo haría ante un altar: dejando que la arena se clavara en sus rodillas como garras de todo aquello que había enterrado bajo ella rogando por volver a respirar. Las manos le temblaban como con un síndrome de abstinencia que no pertenecía a aquel tiempo sino a un punto remoto del pasado y que pesaba en sus manos como losas de piedra en las que alguien hubiera grabado un mandato divino.

Cogió la caracola con aquel temblor en sus manos y aquellos arañazos en sus rodillas. No fue capaz de reunir la fuerza suficiente para ver si había manado sangre de aquellas heridas, si aquello que mojaba su piel era algo más denso y profundo que el agua del mar, así que se levantó sin mirar abajo. Y se marchó sin mirar atrás. Volvió a desandar todos aquellos kilómetros de salitre y soledad, con aquella eternidad de cielo sobre sus hombros como una cruz, y caminó como si más allá de todos los pasos que pudiera dar, solo le esperara la horca. Esperó a estar lo suficiente lejos del mar para poder comprobar que lo que oía en aquella caracola no era un eco de la masa de agua y, cuando la colocó contra su oído, solo oyó algo tan gutural y profundo como el mismo océano. Pero no olía a sal, sino a sangre.

Solo escuchó un grito. Un grito que era su propia voz pero que no estaba saliendo de su garganta. Era el grito de angustia que llevaba años encajado en su pecho, entre costilla y costilla como un puñal o como un vacío. Aquel grito que no era más que un eco y que jamás tendría final. Un grito capaz de recorrer kilómetros de vacío y seguir extendiéndose más allá de los confines del sonido y del propio mar. Era el grito del silencio y de todas las palabras que Eco estaba condenada a nunca pronunciar.

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