Relato: El cuento de quien no pudo y fue

Querrá escribir un cuento y no será capaz.

Querrá componer una canción y será entonces cuando le oirá llorar. Quién podrá pensar que un sollozo pudiera parecerse tanto a alguien intentando no ahogarse. Quién imaginará que verle llorar será así. Será todo eso roto en pedazos. Toda ella hecha ceniza.

Hubiera querido saber tantas cosas el mismo día en que lo conoció, pero todo lo que supo fue que la miró a los ojos desde el otro lado de la habitación y se instauró una estepa helada entre ambos, un infinito de hielo infranqueable. Hubiera querido dar el primer paso, pero no fue capaz. Siempre tuvo demasiado miedo de la inmensidad.

Hay jaulas hechas de barrotes, y hay jaulas hechas de distancias tan imposibles que el solo pensamiento de intentar abarcarlas le hiela a una la sangre y le impide moverse del sitio.

Hubiera querido volar, pero se le quemaron las alas en la espalda en cuanto abrió las manos. Tenía las palmas vacías pero todas las líneas que en ellas se dibujaban gritaban un futuro de llanto. Un futuro de escombros. Quiso acercarse demasiado al sol, pero el hielo le quemó las plumas.

Querrá dibujar un mapa, pero no habrá caminos si no es capaz de caminar para construirlos.

El primer día que Albine le vio, mirándola desde el otro lado de la habitación, dibujando una distancia infranqueable entre ambos, hubiera querido saber que esa distancia algún día sería borrada. Hubiera querido saber que un día le oiría llorar como quien escucha las ventanas de su habitación romperse en mitad de la noche y se despierta y no es más que una pesadilla. Hubiera querido saber que no se despertaría nunca. Que hay pesadillas que le acompañan a una toda la vida.

Que querrá gritar y no habrá cuerdas vocales que la sostengan.

Pero si hubiera sabido todo eso desde el primer día, nada hubiera cambiado. Porque habría dado cada paso en la misma dirección, la única posible, la que consigue que salve la distancia y le alcance en mitad de la estepa, de la nieve y de la nada.

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