El muro que rompe los ojos

¿Por qué será que los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos? (Eduardo Galeano) Click Para Twittear

Entre los muros (de Berlín)

Érase una vez un mundo. Durante un tiempo, se pensó que ese mundo era plano, que se extendía basto y sin límites como la imaginación que lo conjuraba y que era el centro mismo de la existencia, del universo. Muchos murieron con esta creencia y otros, tal vez no tantos, murieron por defender la contraria: que el mundo era redondo y tenía fin y giraba alrededor de un astro.

Por lo tanto, érase una vez un mundo que es redondo, que gira alrededor del sol, que tiene fin y que se parte en dos. Que se quiebra en dos mitades que ningún puente se atreve a salvar, extendiéndose así un abismo entre ambas. Un muro. Este muro rompe el mundo pero es invisible. Esta invisibilidad no supone su inexistencia, pero… ¿qué podemos hacer para enfrentar un muro que no podemos –que no queremos– ver? Durante años, siempre que no hemos podido derribar muros, los hemos pintado. Pero, decidme, ¿qué hacemos cuando los muros son invisibles? (más…)

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Salvemos los pueblos

¿Qué estamos haciendo con nuestros pueblos? Click Para Twittear

Tras una semana trabajando en un reportaje a cerca de la Escuela Rural, esta pregunta no hace más que sonar en mi cabeza. ¿Qué estamos haciendo con nuestros pueblos? O, mejor dicho, qué estamos permitiendo que se haga con ellos. Si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es que si se cierran los colegios, se cierran los pueblos.

CRA La Esgueva, Esguevillas de Esgueva © Carla Calvo

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Encendamos velas, construyamos paz

Intenté definir la libertad y olvidé hablar de flores;

intenté definir la vida y olvidé hablar de sangre.

A veces intento poner palabras a cosas que sé que son innombrables. A veces intento hablar de aquello que me roba el aliento y me deja sin palabras. Quería hablaros del horror en el mundo, pero no he sido capaz. No cuando el miedo hace que me tiemblen las manos y aún parece que necesite seguir guardando un minuto de silencio por cada víctima de cada rincón del mundo. El dolor parece demasiado fuerte como para que nuestra voz pueda tomar forma más allá del grito, como para saber cómo curarlo sin causar más dolor.

El problema del dolor es que, aunque intentemos evitarlo, magnifica las cosas. Y aquello que nos duele, cuando nos hiere, se hace muchas veces más grande que nosotros. El miedo es a veces un titán que nos sepulta. O puede que sea nuestra vista la que en momentos de shock nos engaña y hace que aquello que tememos nos parezca irreductible y nos aterrorice. Pero algo que sin duda resulta ineludible es que el horror ha asaltado nuestros hogares, nuestros lugares seguros. Y es normal que tengamos miedo. Lo que no es normal, ni justificable, es que sucumbamos a él. Nunca es justificable que dejemos que emponzoñe nuestra mente. Ni siquiera aunque cuando se nos abra una herida lo único en lo que podamos pensar sea en taparla sin importarnos cómo. Ni a costa de quién o de cuántos. No cuando esa gente también lo sufre y llevan años sufriéndolo. Ni lo es cuando el horror lleva años asolando su hogar ni cuando su casa es la misma que la nuestra. Esa gente también tiene miedo. También siente el dolor.

Y es que hay veces que en mitad de esas heridas, del dolor, de la tragedia aquí y allí y en cualquier lugar, que las palabras nos oprimen en la garganta como un torniquete y no podemos hablar. Pero hablamos con gestos. Tapamos las palabras que otros sueltan en una verborrea de sangre y dolor y guerra para ejemplificar la paz. Cubrimos el mundo de velas y flores y parece mejor que cualquier palabra que podamos usar.

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